La ermita de la Encarnación acogía tres pinturas de Gregorio Villalengua Funés. Sobre el altar mayor, al fondo de la nave, se disponía La Anunciación. En la actualidad no se conserva en la ermita. Sus notables desperfectos exigían su restauración. No se llevó a cabo y se sustituyó por una nueva pintura de temática similar, realizada por Rebeca Lago. La obra de Villalengua ha pasado a formar parte de una colección particular alcañizana.
Era la obra de mayor antigüedad del grupo: se pintó en 1939. El tema que en ella se representa es el que corresponde a una ermita dedicada a La Anunciata o Encarnación. Muestra, por tanto, la iconografía habitual de unos temas más representados de la historia del arte cristiano: la Anunciación. En ella, la Virgen María de rodillas, apoyada sobre un reclinatorio o mueble de estilo clasicista, recibe la visita del ángel San Gabriel, quien parece irrumpir en la escena. En este caso, esta figura adquiere un gran protagonismo, por la propia composición y por su tamaño considerablemente mayor al de María. Porta un ramo de azucenas, símbolo de la pureza de la Virgen. Frente a la actitud estática de la figura femenina, el Ángel está dotado de movimiento para simular su descenso al mundo terrenal. La pintura desea captar precisamente ese momento, cuando la figura de Gabriel está descendiendo, de ahí que todavía sus pies no descansen en el suelo sino sobre nubes. Sobre las dos figuras principales se dispone la paloma blanca del Espíritu Santo que como un gran foco de luz -del que emanan rayos solares- se abre en una representación celeste definida por nubes y pequeños angelitos pintados como cabezas aladas. La escena se desarrolla en un interior arquitectónico sugerido fundamentalmente por los ventanales de arcos apuntados del fondo. Presenta firma en su ángulo inferior derecho: «G. Villalengua Funés / PINTOR – 1939». Desgraciadamente, el estado de conservación de esta pintura es muy delicado, siendo muy necesaria su restauración.
En el lado izquierdo de la nave se dispone la segunda pintura de este grupo. Gregorio Villalengua la pintó en 1950. En ella se representa al Ángel de la Guarda . Como es habitual en este tema iconográfico, el Santo Ángel Custodio aparece representado como ‘guía espiritural’: conduce a un niño de la mano, le guía, de ahí que también señale con su mano derecha el cielo, indicando que se dirigen al camino trazado por la voluntad divina. Esta imagen del Ángel de la Guarda o Ángel Custodio está inspirada o sigue el modelo de San Rafael guiando a Tobías. Émile Mâle precisa que las primeras imágenes del Ángel Custodio surgen en la pintura italiana de finales del siglo XVI, coincidiendo con el final del Concilio de Trento. En este caso, Villalengua se muestra menos academicista que en la pintura de la Anunciación: la pincelada es más suelta y sorprende su brillante e impactante colorido. Está firmada en el ángulo inferior izquierdo: «G. Villalengua Funés / 1950»
La tercera de las obras de este grupo y la más ‘moderna’ (por fecha de realización) está colocada en el lateral derecho de la nave. En ella se representa a San Miguel Arcángel. Muestra evidentes deterioros, sobre todo en la parte superior y central del lienzo. El colorido es bastante intenso. La escena, frente a la del Ángel de la Guarda, sugiere una sensación de estatismo o inmovilidad muy marcada. San Miguel se presenta triunfante aplastando a un gran demonio alado ya derrotado, de ahí que no sea necesario dotar de movimiento a ninguno de las dos figuras. En la bandera que ondea sobre la figura del ángel-guerrero, unida a la gran lanza que porta, puede leerse la frase QVIS VT DEVS (Quién como Dios) que evoca la escena de batalla protagonizada por San Miguel inspirada en el libro del Apocalipsis (cf. Ap 12,7). Se ajusta a la representación del arcángel como soldado de Cristo, de ahí que vaya protegido por casco, armadura y porte armas: lanza y espada. Con la mano izquierda sujeta la cadena con la que ha inmovilizado al demonio que se presenta como una figura antropomorfa de gran tamaño. Esta pintura está firmada en su ángulo inferior izquierdo: «G. Villalengua Funés / 1952.»
Estas obras reflejan el carácter sencillo, popular y sin excesivas pretensiones del trabajo de este pintor. Se encuentran bastante deterioradas, debido a la baja calidad de los materiales con los que se realizaron y a las condiciones del lugar donde se instalaron.
Medidas
Anunciación: 160 x 100 cm. Ángel de la Guarda: 95 x 68 cm. San Miguel Arcángel: 94 x 68 cm.
Su autor
Gregorio Villalengua Funés nació en Zaragoza el 9 de marzo de 1886. Estudió en la Escuela de Artes y Oficios de esta ciudad. Se trasladó a Alcañiz hacia 1909 y aquí se quedaría toda su vida, desarrollando su profesión de pintor industrial o de ‘brocha gorda’. Sin embargo, movido de una gran vocación y gracias a su formación artística en Zaragoza, también inició muy pronto su actividad pictórica, incrementándola notablemente tras la conclusión de la guerra civil. Son numerosas las obras que realizó de temática religiosa. Entre ellas, por su proyección pública, destacan las que conforman este grupo que pintó para la ermita de la Encarnación y otra pieza de gran tamaño dedicada a Santo Domingo Soriano que realizó para la capilla-hornacina dedicada a este santo localizada en la calle del mismo nombre. Esta última está ubicada en la casa número 28 de la calle La Cueva que tiene también fachada hacia la calle Santo Domingo que es donde se abre la hornacina. Fue costeada por suscripción popular de los vecinos de esta calle en 1939.
Además de numerosas obras de temática religiosa, Gregorio Villalengua también pintó un buen número de lienzos con escenas de género y bodegones. Participó en la «Exposición Regional de Bellas Artes del XIX Centenario de la Virgen del Pilar», celebrada en Zaragoza en 1940; y entre 1945 y 1971, en un buen número de las exposiciones colectivas que se realizaban en Alcañiz en el marco de las fiestas patronales, con el nombre de «Salones de Septiembre». En 1971, dos años después de su fallecimiento (el día 5 de junio de 1969), la Sala de Honor del «XXIII Salón de Septiembre para Pintura» estuvo dedicada a su figura y en el programa de fiestas patronales de ese año se incluyó un artículo homenaje, en el que se resaltaba que había dedicado «su larga vida a un incansable batallar en el campo pictórico».







