En esta obra se le ha representado con la iconografía característica de San Jerónimo Penitente: semidesnudo, aludiendo a su condición de eremita y con el tradicional atributo que hace referencia precisamente a esta vida de penitente, la piedra para golpearse el pecho. Frente a él se dispone el Crucifijo, pues es por Cristo por quien ha decidido llevar este tipo de vida. Sabido es que San Jerónimo optó durante varios años por la vida ascética, centrando su existencia en la meditación y la penitencia. El manto rojo cardenalicio únicamente le cubre su espalda. Este elemento iconográfico sirve para reconocerlo e incluso puede interpretarse como elemento simbólico del abandono de su vida anterior para dedicarse exclusivamente a la contemplación de Cristo, tal como lo vemos en esta pintura.
Se le representa de medio cuerpo. El tono nacarado de las carnaciones contrasta vivamente con el rojo intenso del manto que le rodea. La calidad de esta pintura se plasma en el logrado estudio anatómico (muy marcado en los brazos), la elegancia (extraordinaria en las manos) y la serenidad que logra transmitir al espectador.
Esta pintura tiene evidentes similitudes con la de los Santos Cosme y Damián, y la de Santa Apolonia y Santa Catalina de Siena: el fondo dorado con dibujos geométricos, la forma de las coronas, la elegancia de las manos y la expresión de los rostros. La serenidad que trasmiten al espectador supera el tono eminentemente martirial de todas estas obras. Todo ello unido al hecho de que se trata de tablas de idénticas dimensiones permite suponer que estas tres tablas debieron formar parte del mismo retablo.
Medidas
67 x 47 cm.







